El Más Árido del Mundo

si contemplan la pampa y sus rincones verán las sequedades del silencio el suelo sin milagro…si contemplan la pampa y sus rincones verán las sequedades del silencio y si observan la pampa como fuera sentirán destrozados los lamentos…

 

Existe un desierto en el norte de Chile -entre las regiones de Antofagasta y Atacama-, que es famoso por su aridez, dicen que es el mas seco del mundo, su nombre: Desierto de Atacama.

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Region de Atacama y su desierto

El desierto de la región de Atacama es famoso por haber puesto un marco casi cinematográfico a una tragedia que pudo ser duelo nacional para Chile y que se trocó en milagro mundial, el de aquel papel manuscrito con letras rojas que decía: estamos bien en el refugio los 33.

En ese desierto he estado, y, desde luego, me he traído mucho más de lo que pensé encontrar: quería encontrar la soledad, el cielo estrellado, la inmensidad; quería tocar la piedra primigenia –roca la llaman los mineros-, aquella anterior a cualquier hombre, mujer, niño o animal que haya osado pisarla y recorrerla; quería sentir las sequedades del silencio, el suelo sin milagro; quería oír los lamentos de la pampa desértica, los sonidos del silencio magnífico y las visiones que producen sus dunas y acantilados; quería rendirme ante la evidencia de lo absoluto, fulgurarme en mi propio camino hacia Damasco; quería…, en fin, ser un grano de arena más en esa Vía Láctea de tierra, polvo, salitre y mineral.

El desierto es cruel, hermoso, traicionero, sigiloso…;el desierto pone a prueba a mujeres y hombres, les lleva hasta el éxtasis…o hasta la extenuación.

 

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El mas árido del mundo

El desierto es silencio, es la garganta seca que te atrapa y te engulle. No existen más opciones con él: o lo amas y respetas tal y como es; o es mejor que sigas tu camino. No te da más opciones.

La soledad, el frío, la sed y la inmensidad son quienes te acompañan…también el recogimiento, la contemplación. Los mil y un tonos de ocre, tierra en estado puro e inicial, la belleza de lo inabarcable, inmutable e inescrutable. Todo eso, y más, es el desierto: noches largas, muy largas; madrugadas teñidas de esa capa fría, espesa y gris que es la camanchaca, la neblina del desierto que aparece solo cuando ella quiere…así es la pampa desértica.

Cuando caminas por sus dunas y sus oquedades de salitre, cobre, oro y plata; cuando pisas el suelo árido, árido en su aridez final; cuando admiras el mosaico agrietado que se abre a tus pies, y, tienes la fortuna de ver algunos de esos extraños milagros llamados vergel… es entonces cuando te aproximas al sentir del pampino, del minero.

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Vergel y mosaico de tierra agrietada

El desierto es así, como ellos.

Esos hombres y mujeres pertenecen a una raza indómita que -a fuerza de retarle un día sí y otro también- termina fundiéndose con él. Porque el rostro del hombre y la mujer del desierto es como el mismo desierto: curtido, agrietado, seco; surcado por dibujos que el sol y el viento dibujan en sus rostros, los rostros del desierto…o lo amas, o es mejor que sigas tu camino.

Fiebre, pampa, polvo y sol queman sus gargantas… procesiones de fantasmas bajando y subiendo de la mina, espectros que arañan sus entrañas… Así, un día tras otro, el desierto y las minas exigen sacrificios y ofrendas; así, una noche si y otra también, las mujeres -Madres, Hijas y Esposas se encarnan en el Abraham bíblico ofreciendo a su hijo Isaac, entregando a los hombres a la mina, al desierto… tantos días y tantas noches como tantas cruces adornan sus áridas extensiones lunares, tantas madrugadas como tantas estrellas se cuentan en el manto que lo cubre… así es el desierto: o lo amas, o es mejor que sigas tu camino.

Llegar a la mina San José es recorrer metro a metro el camino que los 33 recorrían cada día, y con ellos los miles de 33 que durante generaciones han sido y recorrido ese agreste camino de ripio; es oler el mismo polvo; ver a los mismos cóndores

 

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El vuelo del Condor

sobrevolar nuestras cabezas. Aproximarse al campamento “Esperanza” es ir entrando en una espiral de emociones, de imágenes televisadas, de zozobra, llantos, risas, lagrimas y euforia final. Subir por la rampa de roca hasta ver el valle al completo y saber que ahí, precisamente ahí el desierto dio una tregua de 67 días, una de aquellas escasas oportunidades en que al hombre se le permite ganar una batalla a la naturaleza infinita, pues la guerra es siempre suya como suya es la victoria. Observar desde lo alto el lugar por el que entraban y salían a y de sus turnos los mineros da una medida de la “pasta” de la que están hechos estos hombres. Ver los agujeros que se hicieron en la roca viva para introducir sondas que pudiesen encontrar un halito de vida sobrecoge, como sobrecoge fijar la vista sobre el hito numero tres,

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Hito número tres

el lugar por donde la tierra permitió a los 33 emerger envueltos en una metálica ave fénix con forma de cápsula. En el lugar, hay 8 hitos que cuentan una parte de la historia del derrumbe, de los lugares destacados de esas 67 jornadas de incertidumbre. También están aún la “cocina” donde los mineros se preparaban algunas viandas. La “cocina” es una caseta que nada tiene que envidiar a las de las favelas…

Aún está la tienda del encargado de pesar el mineral extraído y 8 perros del desierto, con una vida de perros pero en el desierto. Imposible no emocionarse y no impactarse con las condiciones del lugar. Pero esos sentimientos darían un vuelco más: en medio de la nada emergió la figura poderosa de un hombre de unos 62 años, caminar pausado, voz profunda y calma, presencia que llenaba todo aquel espacio sideral, Jorge Galleguillos, el minero numero 11 en ser rescatado.

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A la izquierda Jorge Galleguillos

 

Imposible contener lágrimas y admiración. Él, ya acostumbrado, trata a todos con una familiaridad de infinita paz. Y, cuando le piden una fotografía, sólo se le escucha decir: “las mujeres a la derecha y los hombres a la izquierda”… en fin, los hombres del desierto son así.

Fui buscando una especie de iniciación y una parte de mi se ha quedado allí. Sé que de un modo u otro volveré, no a recoger lo que deje; más bien, a dejar algo más de mí. Y es que me he traído más de lo que fui a buscar, y el desierto me pide que vuelva, y no quiero defraudarlo porque él no me defraudó a mí.

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Así es el desierto: o lo amas, o sigues tu camino.

Háganme caso: no sigan su camino de largo; vayan a saludarle; y díganle de mi parte que volveré, aunque él ya lo sabe.

 

®Hans Hoffmann Gutiérrez

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